jueves, 23 de octubre de 2008

Ahora dejamos la literatura y hablamos de Aznar

Los soportes del arte y el pensamiento, como el papel, el lienzo o el celuloide, son tan sumisos como poco expansivos: aceptan impunemente ser vehículos tanto de la injusticia más flagrante como de las verdades más incuestionables que conviven en la cultura (y en la incultura), al igual que Frankfurt y la más modesta Kosmópolis conviven en la actualidad literaria, sin rebelarse ni dar saltos de alegría.

Por eso, hay libros valientes, que se oponen al crimen aunque éste acabe cayendo sobre las espaldas de su autor, como le ha pasado a Roberto Saviano, amenazado por la Mafia por denunciar en su libro Gomorra la omnipresencia de los tentáculos de poder de la Camorra en su Nápoles natal. Hay libros de testimonios que no pueden dejarnos indiferentes, como La guerra más cruel y Postales desde la tumba, respectivamente de Arkadi Bábchenko, soldado en Chechenia, y de Emir Suljagic, superviviente de Srebenica. Y libros comprometidos con el cambio climático y el trato a los animales, por ejemplo Diario de un mal año,de J. M. Coetzee: no en vano, el lema de Kosmópolis en esta edición es Escriptors pel canvi (Escriptores para el cambio), el certamen versa sobre la manera en que los escritores enfrentan las causas sociales y ecológicas y sobre su responsabilidad en cuanto a ellas, y en él participan voces tan comprometidas como Gao Xingjian, Hari Kunzru y Tzvetan Todorov entre otros muchos que convierten el papel en un arma cargada de futuro, como decía Celaya de la poesía. Hay hasta libros que renacen de sus cenizas, como El capital, cuya demanda se ha triplicado en Alemania tras constatar algunos las incumplidas promesas del neoliberalismo. Y hay otros libros y otros autores: hasta Aznar escribe.

Ya lo sé, ya lo sé: algunos me diréis qué hace Aznar en un texto sobre cultura: yo también me lo pregunto. Y si el texto es sobre cultura comprometida, esto es aún más extraño. Y si además se cita la veracidad, la inclusión de nuestro ínclito ex mandatario parece más que extemporánea. Así que no voy a profundizar en las declaraciones “científicamente cuestionables” (usurpando sus propias palabras al hablar del cambio climático) del marido de Ana Botella en la presentación del libro Planeta azul (no verde) del presidente checo Václav Klaus, editado por, cómo no, la FAES, con la presencia de los principales abanderados del antiguo régimen.

Hay libros que te hacen sentir orgullosa de ser lectora compulsiva, libros que justifican esta adicción maravillosa. Hay otros libros mediáticos e insulsos, flores de un día (pero ¡qué día de ingresos para sus autores!), que te llevan a pensar en el desperdicio de los árboles talados para imprimirlos, y que quizá conduzcan a la conclusión de que quizá El Chacal no vaya tan desencaminado cuando habla de la semicorrupción imperante en el mercado editorial español. Y hay otros libros que insultan la propia palabra que los define, que manchan el soporte en el que están impresos. Quizá el volumen que Aznar presenta, ni ninguno de los que ha tenido la desgracia para el mundo editorial de escribir, no se enclave en ninguna de las dos últimas categorías (evidentemente no lo hace en la primera), pero si el tercero en discordia del Pacto de las Azores y la Fundación que preside están esperando recibir en este sentido alguna comisión de mi bolsillo, que entretengan su aburrimiento buscando armas de destrucción masiva por algún lado.

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