viernes, 3 de octubre de 2008

Aventuras en tiempo de crisis

Después de un fin de semana escudriñando las vicisitudes de la actualidad con un ojo, con cuidado de que no me cayera encima ninguna bengala, y vigilando con el otro mis exiguas reservas económicas, tan seguras antes en manos de entidades bancarias solventes y ahora poco más que pendientes de un hilo, con mis expectatives de que el mundo superara la crisis desestimadas tras la negativa del Congreso a Bush del lunes, decidí apostarme a la entrada de mi caja de ahorros, dispuesta a vaciar mis cuentas de unos números que por su color empiezan a acercarse peligrosamente a la ideología comunista y a llevármelos bien lejos. Sí, ya sé que el país donde he tenido la suerte o la desgracia de nacer ha sido alabado hasta por el Financial Times por su sistema bancario, pero es que mi abuela lleva años diciendo que el dinero donde mejor está es debajo del colchón, y quizá ya es hora de hacerle caso: aunque sólo sea para que pase sus últimos años tranquila, la pobre mujer. Para dirigirme a mi casa, atravesé el antaño tranquilo pueblecito de Vilanova del Vallès que ahora está siendo concienzudamente destrozado por las obras del AVE, y vi a un señor con antifaz negro y camiseta a rayas que salía de las susodichas obras con un maletín amarillo en la mano y aspecto de tener mucha prisa; no le di mucha importancia, de momento, bastante tiene una con sus problemas.

Después de haber realizado con éxito la operación Rescate Financiero Doméstico, me dirigí a la ciudad de Barcelona por entre carreteras llenas de polígonos industriales que parecían más silenciosos de lo habitual, aunque por alguna extraña razón el tráfico no había disminuido; a mitad de camino sentí hambre, ya que con las prisas monetarias había olvidado en la cocina mi económico bocata, y me paré en un enorme restaurante de carretera de esos donde siempre hay que darse de codazos para que los camareros te hagan caso. Pero tal vez ese otro mundo mejor que es posible empieza ya a instaurarse, porque en esta ocasión me sirvieron muy rápida y amablemente; de hecho, parecía que todos los camareros se disputaban el placer de atenderme, lo cual hizo subir bastante mi autoestima, aunque tal vez hubiera estado mejor un poco menos de deferencia y un poco más de limpiar las telarañas y las capas de polvo que se acumulaban sobre las mesas vacías.

Por fin, y sin más impedimentos que un par de embotellamientos en las entradas, llegué a la capital, aparqué mi bólido del año 84 en un aparcamiento cuyo importe se llevará gran parte de mi sueldo mensual, y me dirigí a hacer mis gestiones urbanitas. Por las ventanas de las oficinas situadas en los pisos bajos veía a muchos empleados afanados en entregar unas cartas a largas colas de trabajadores que no parecían recibirlas con mucho agrado, y es que se ve que aquello de que las empresas reducen plantilla con la crisis era un poco exagerado; tal vez les estaban avisando de un recorte de nómina, pero ¿no dicen los empresarios que la moderación salarial es lo mejor para acabar con la crisis? ¿De qué se quejan, entonces? Y, de pronto, sucedió el desastre. La noticia de que nos acechaba un desastre nuclear sin precedentes se introdujo en mi cerebro desde los auriculares de mi radio portátil y, recordando los programas de Íker Jiménez sobre la catástrofe de Chernóbil y esperando ver caer mi piel a tiras en cualquier momento, dejé todo lo que tenía que hacer y me precipité al refugio nuclear que construyó mi padre en los años setenta durante la época de la Guerra Fría y que, en vista de que las relaciones entre Rusia y EEUU vuelven a ser precarias, mi madre está empezando a desempolvar.

Cuando escribo esto es miércoles. He salido de mi refugio para echar la Primitiva por Internet y he visto en los diarios digitales que el panorama empezaba a arreglarse: la UE quiere garantizar los depósitos bancarios de sus ciudadanos, los lanzadores de bengalas van a ser multados con contundencia, el maletín radioactivo ha sido encontrado en Premià de Dalt, y encima hay algunas buenas noticias más: la policía desactiva redes de pederastia y los Premios al Correcto Modo de Vida se han otorgado a personas que realmente hacen algo útil por sus semejantes… al igual que nuestros queridos políticos, claro.

Y sin embargo, estoy comenzando a pensar: si las cosas se torcieran realmente, ¿dónde está el cayuco supersónico que podrá llevarme lejos de este mundo, espero que con más esperanza que la que les queda a los 230 inmigrantes que llegaron ayer a Tenerife? Dicen que, aunque no estará disponible hasta dentro de un año, ya puede encargarse el coche volador que tal vez me conduzca a un planeta donde de verdad haya vida inteligente. Sería una buena manera de sustituir mi bólido del año 84 y un interesante destino de inversión para mis ahorrillos… que por cierto, y a pesar de mi abuela, han vuelto a la caja de ahorros.

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