viernes, 26 de septiembre de 2008

Política-ficción

Soy aranesa. Nací y he vivido toda mi vida en Vielha. Mi abuela es una emigrante andaluza, mi padre un barcelonés que huyó del mundanal ruido de la procelosa urbe, y mi novio un rumano que vino a trabajar a las pistas de esquí. Con mi familia y amigos habló castellano, catalán y aranés, y todos nos entendemos. Trabajo en el pueblo de al lado y la discoteca adonde suelo ir los fines de semana está unos kilómetros más allá. Mi vida es todo lo aburrida, plácida y feliz como puede ser la tuya.

O al menos así era hasta hace un par de meses. De repente, el Sindic del Conselh Generau d’Aran decidió que debíamos convocar un referéndum para segregarnos de Cataluña; como justificación aludió a nuestro idioma diferenciado, cosa que a la gente no la motivó mucho, y a que así nuestros impuestos se quedarían en la Vall, cosa que a la gente la motivó mucho más, sobre todo ahora que las pistas de esquí ya no parecen estar tan llenas como antes, eso las pocas veces que nieva. Fuimos a las urnas y el resultado fue un 55% a favor de la independencia, que se declaró de inmediato, aunque en el Conselh Generau se produjo un poco de crispación porque unos partidos decían que ahora que nos habíamos segregado de Cataluña debíamos integrarnos en España y otros que ni hablar, mientras que los terceros afirmaban que se debía expulsar a todos los no araneses y el resto que no era necesario

Y entonces fue cuando la cosa comenzó a estropearse. Un día, los Mossos d’Esquadra entraron en tropel cargados de material antidisturbios que no dudaron en arrojar a quien tenían más a mano; decían que estaban protegiendo a los ciudadanos catalanes. Poco después, fueron los Guardias Civiles los que llegaron y la emprendieron con todas las casas que encontraban en su camino: decían que estaban protegiendo a los ciudadanos españoles. Soldados americanos vinieron a apoyar a los Mossos porque se ve que entre Zapatero y Bush no hay buen rollete, y militares rusos, por su parte, acudieron a echarles una mano a los picoletos, ya que, según se comenta, España no quiso reconocer la independencia de Kosovo al igual que Rusia y Putin está enternecido por ello. Por si fuera poco se presentaron los cascos azules, que aseguran que vienen a protegernos a todos y a reconstruir el pueblo y no hacen más que sentarse y mirar como los demás se tiran los trastos a la cabeza. Han cerrado con alambre de espino el camino que va a mi curro porque ahí comienza el territorio catalán. Me han prohibido entrar en la discoteca porque está en territorio español. Mis amigos trilingües andan a la greña. Mi abuela se ha peleado con mi padre. Y mi novio ha dejado de hablarme porque Rumania apoya a los Estados Unidos y porque, según los cálculos, parece ser que tengo al menos un 1% más de sangre española que catalana. Es un consuelo que, al menos, ni las viviendas ni las personas de ninguno de nuestros líderes políticos hayan resultado afectadas y que a sus coches oficiales no les impida el paso ningún control. Y es que las malas lenguas van por ahí diciendo que todo comenzó cuando un científico declaró a los medios que habían descubierto cómo fabricar biodiésel basándose en los ingredientes de la olla aranesa, pero ¿tanto jaleo por un poco de de combustible? Francamente no estoy de acuerdo, estamos gobernados por gente seria… creo.

Afortunadamente, esto es un anuncio y yo soy una actriz. Soy barcelonesa de nacimiento, entre Cataluña y España no hay más conflictos que un quítame allá estas financiaciones, y en la Vall d’Aran todo el mundo me trata estupendamente cuando voy a hacer ráfting por el río Garona (en los escasos momentos en que la crisis y la sequía me lo permiten, claro). Afortunadamente la olla aranesa no tiene más poder combustible que el de darte una energía increíble para subir a la montaña.

Afortunadamente no vivo en Osetia del Sur.

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