jueves, 30 de octubre de 2008

Una película de osos

El sol luce en el amanecer pirenaico mientras los aguerridos y valientes cazadores se preparan para dar caza a la osa malvada que hirió a uno de los suyos; por su parte, los agentes rurales al servicio de las autoridades de la Vall d’Aran hacen su propia incursión para proteger al animal, con las alforjas bien cargadas de redes y dardos tranquilizantes, eso sí. Mientras, el síndic d’Aran, y luego el pleno del Conselh Generau, alertan de que la peligrosidad de los plantígrados ha quedado demostrada con este hecho y aprovechan para pedir su captura total. Podía parecer el argumento de una mala película de Hollywood, pero está claro que la realidad supera a la ficción hasta en baja calidad.

Pero profundicemos un poco más en el argumento del filme y veamos el problema desde el punto de vista de la villana en cuestión: en el transcurso de una ruidosa cacería de jabalíes, la osa parda Hvala, procedente de Eslovenia y reintroducida en el Pirineu con varios de sus congéneres hace 12 años por el Ministerio de Medio Ambiente francés en el marco del programa Life, huyendo de los perros que la acosan e intentando proteger a sus crías, aparta a un cazador de su camino produciéndole heridas en un brazo y una pierna. “Sólo actúe conforme a mi naturaleza, a mi instinto de superviviencia animal”, diría quizá la presunta agresora si pudiera hablar y si se le permitiera tener un juicio justo, aunque algunos preferirían lincharla directamente bajo el árbol del ahorcado y enviar su cadáver a Francia, como muestra del disgusto que la unilateralidad en las decisiones restablecedoras del equilibrio natural de los franceses ha producido a la población pirenaica de este lado de la frontera.

Hay también escenas costumbristas en esta película: la cámara enfocará a las ovejas muertas y a las colmenas destrozadas por los osos, y a sus propietarios llorando ante el espectáculo porque las indemnizaciones nunca llegan demasiado pronto. Y, ejerciendo la función de telón de fondo, que pasará inadvertido para espectadores no muy atentos, los motoristas se quejarán de que los plantígrados hacen aumentar las zonas protegidas y ya no se les permite circular, y las empresas inmobiliarias, por la misma razón, constatarán la dificultad de convertir el Pirineu en su sueño dorado, una gigantesca urbanización, sin darse cuenta de que ya casi lo han conseguido. Mientras, los cazadores, en su largo periplo justiciero, amenizarán la jornada imaginando en sus conversaciones un mañana sin osos pardos que obstaculicen sus actividades cinegéticas, en un mundo donde, después de casi desaparecidos el lobo y el lince ibérico, era prácticamente el único competidor que les quedaba.

Aún no ha terminado la película, pero todos los espectadores, incluida yo, deseamos que el final sea feliz: el herido recuperándose sin secuelas y perdonando, el Conselh Generau dedicándose a aligerar el pago de indemnizaciones, los ganaderos y apicultores reconstruyendo sus pérdidas, el Ministerio de Medio Ambiente francés decidiéndose a dialogar, los cazadores, motoristas e inmobiliarios emigrando a la sierra de Guadarrama, donde se dice que la política de Esperanza Aguirre facilita sus actividades, y la osa atravesando la frontera sana, feliz y acompañada de sus oseznos, mientras cae el crepúsculo y suena la música: esa sería una bonita escena final.

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