Dios es amor, la Biblia nos lo dice, como rezaba (nunca mejor dicho) aquella canción que nos hacían corear las monjas a las que hemos tenido la gran suerte de educarnos en un colegio religioso exclusivamente femenino, experiencia que no olvidaré en la vida, porque me ha enseñado, entre otras cosas, a ser una chica hacendosa, recatada y sumisa que comprende que las necesidades masculinas, al igual que sus sueldos, están por encima de las de cualquier fémina, y que si les da por enseñarnos un poco de disciplina es porque, seguramente, los pobres se hallan en tratamiento por depresión o algo así, y hay que disculparles con una ligera reprimenda. ¡Están sometidos a tantas presiones! Enseñanzas que han proporcionado estabilidad a mi vida matrimonial (después de todo, de algo hay que morir) y resignación cuando la crisis me dificulta alimentar a los diez churumbeles con los que una sagrada convivencia marital sin contracepción, siguiendo los dictados de Roma, me ha obsequiado.
Dios es amor. Amor incondicional. Amor que abarca a los niños africanos que salen en los anuncios televisivos recaudatorios de una Iglesia a quien nuestro gobierno ha dejado prácticamente en la miseria, amor que abarca al hermano del papa Ratzinger (ya que si el representante de Dios en el mundo le prepara una fiesta con tanto tronío empleando fondos que pertenecen a todos los cristianos, algo tendrá que ver el Ser Supremo en esto, digo yo). Amor que abarca hasta los curas pederastas, que ven sus pecados absueltos por un Dios de perdón y una Santa Iglesia Católica y Apostólica Romana de impunidad.
Por eso, cuando oigo que alguien quiere subvertir este amor, elevando a la categoría de familia la convivencia entre seres desviados, cuestionando el papel secundario de la mujer en la sociedad y en la familia, tan necesario para el mantenimiento de nuestras sacrosantas costumbres, y eso ni más menos que en el programa de la educación de mis hijos, siento miedo. Miedo del respeto, miedo de la comprensión, miedo de la aceptación, miedo de la humanidad. Y, secundada por el santo padre Benedicto y los ilustres cardenales de Madrid, Toledo y Valencia, y sintiendo gravitar en la lejanía el apoyo de mi soberana, objeto. Objeto ese grimorio demoníaco que es el libro de Educación para la Ciudadanía.
Y cuando mis ateos vecinos me increpan, diciéndome que el divino amor de Dios que yo reivindico es muy parecido a la voluntad de convivencia, libertad, igualdad y tolerancia que el programa (a pesar de que ni siquiera ellos, sus partidarios, reconocen que sea perfecto) establece, me llaman fanática religiosa e intentan hacerme sentir avergonzada de ser católica, yo les contesto que gracias a fanatismos como mi religión en España no vamos por ahí, como hace los musulmanes, por ejemplo en Somalia, violando multitudinariamente a niñas de 14 años y luego apedreándolas por adulterio. Aquí las niñas de 14 años sólo mueren a golpes por no compartir los sentimientos de sus compañeros de clase. Pero eso, claro está, son cosas de adolescentes. Dios les perdonará. Dios es amor.
jueves, 6 de noviembre de 2008
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