viernes, 23 de enero de 2009

El mundo de ayer (cuento surrealista)

Dicen que todo tiempo pasado fue mejor, teoría que nos conduce al fatalismo de una involución perpetua que quién sabe cómo acabará, o bien nos indica el poder embellecedor y facilitador de nuestra supervivencia que ostenta el segmento del cerebro que maneja los recuerdos. En cualquier caso, les voy a contar un cuento.

Había una vez unos terroristas islámicos cuya única excusa para aplicar las enseñanzas impartidas por el Gobierno estadounidense durante la Guerra Fría, conmovido su piadoso corazón por el ateísmo imperante en la impía URSS, era Palestina (de todos es sabido que EE.UU. crió a los cuervos que ahora devoran sus ojos. ¿O es que quizá los líderes del país de las barras y las estrellas siempre fueron ciegos y, además, masoquistas?). Había una vez un pueblo, el afgano, que sólo tenía a los talibanes como enemigos, un Irak con bloqueo y dictadores, pero sin bombas, un Guántanamo que no se parecía tanto a Abú Graib. Había una vez una Al Qaeda que no suponía aún la referencia de todos los musulmanes golpeados por una alianza de civilizaciones que no inventaron ellos, había una vez unas mujeres cuyas cabezas cubiertas estaban comenzando a ser los restos de una costumbre ancestral que pronto debería adaptarse el mundo nuevo, en lugar del prototipo de todas las antiguas imposiciones machistas ahora elevadas a símbolos salvaguardores de una raza supuestamente amenazada.

En ese mismo cuento había una economía saneada, con una mínima supervisión gubernamental, sí, mínima, pero que algún que otro desmadre evitó. Un gasto en defensa exagerado, escandaloso, pero que aún no nos atrevimos a calificar de innoble. Bastante más dinero disponible mensualmente que el que ahora se utiliza para rescatar los bancos y bastantes más jóvenes cuerdos y vivos. Unos huracanes que, siendo una desgracia, aún no se habían convertido en una tragedia de dimensiones imposibles y estadios de fútbol convertidos en sus homónimos de concentración con el hambre y el miedo despertando los instintos más inimaginablemente horrendos.

Y él, el causante de todo esto, se fue, aunque, a diferencia del poema de Juan Ramón Jiménez, no se quedaron los pájaros cantando. Nos queda, en cambio, su sucesor, el de la esperanza alimentada por los dólares de las estrellas de cine y hospedada en suites hoteleras que cuestan casi tanto como la guerra de Irak. Una esperanza a la que sólo le pedimos una cosa, así de modestos, como niños que escuchan un cuento, somos:

Que vuelva el mundo de ayer.

Colorín, colorado...

(Publicado en Pressdigital el 22-01-2009)

1 comentario:

àngels dijo...

Eva M. enhorabona per lo bé que escrius! M'encanta llegir-te... tant de bo puguessis escriure més! Saps que dimarts vaig a Mollet? Ens veurem? Petons