miércoles, 9 de septiembre de 2009

Un país de ruinas, un país en ruinas



Vengo de un país de ruinas. De bellas y evocadoras ruinas, de esas que nos permiten construir un pasado a nuestra medida abstrayéndonos del dolor y la injusticia. De ruinas que, sin embargo, nos muestran lo involutiva que en la mayoría de los aspectos ha sido la evolución humana: nos reconocemos en esos habitantes, de la historia o quizá de nuestra propia literatura, y en ellos descubrimos nuestros deseos y nuestras necesidades, y generalmente, también que ambos podían ser (y, de hecho, eran) satisfechos de un modo menos lesivo que en la actualidad.

Vengo de un país de ruinas y llego a un país en ruinas. Mientras reconstruyo mi propia vida con los fragmentos dejados atrás por los últimos bombardeos, observo cómo las ruinas de la economía (420 euros para atajar la desesperación), las ruinas de la justicia (los jueces que juzgan los crímenes son juzgados a petición de aquellos que los justifican, mientras la legislación se parte el culo), las ruinas de la libertad de expresión (la inofensiva consulta popular independentista de Arenys de Mar se prohíbe, mientras a la bastante más intranquilizadora manifestación de la Falange Española se le da cancha), y las ruinas de la ideología (los mismos gobernantes que han acabado de cargarse los derechos de los trabajadores levantan el puño y cantan la canción de los luchadores por la igualdad y la libertad, mientras son denostados por los otros gobernantes, los que que empezaron a pasarse esos derechos por el forro), se enseñorean de él.



Todas las ruinas tienen un inicio, todas las construcciones un punto frágil, todas las civilizaciones comienzan su crepúsculo en algún punto del firmamento. Y quizá, cuando las ruinas que subyacen bajo lo que ahora creemos edificios más o menos sólidos se hagan evidentes, los estudiosos de la historia señalarán a España, el país que combina los servicios tercermundistas (y también algunas de su flagrantes violaciones de los derechos humanos) con los impuestos primermundistas, el país que no negocia con las corporaciones, las potencias, las autoridades religiosas ni las instituciones medievales (leáse Corona), sino que directamente se baja los pantalones y se pone mirando a Cuenca ante ellas, como el desencadenante del desastre. O quizá el resto del sistema, igual de podrido aunque mucho más cauto en mostrarlo y sobre todo más inteligente en irlo parcheando, sencillamente decida realizarse una sanísima autocirugía que extirparía el miembro de mal funcionamiento. Retrasando así una caída que ha de llegar, arrastrando en ella a propios y a extraños.

Y llegará un día en este mundo, si quedan ya días y queda mundo, que alguien establecerá rutas turísticas y escribirá libros sobre las cenizas de nuestro egoísmo, cobardía e incompetencia.

Fotos
1. Ruinas de la ciudad romana de Dougga, Túnez.

2. Ruinas del coliseo de El Jem, Túnez, en el que se rodaron escenas de Gladiator.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha encantado tu entrada. Hacía tiempo que no entraba ni comentaba nada en tu blog. Mea culpa.

Por cierto, bellas fotos. Me ha parecido observar en uno de los arcos la sombra de algún almirante cartaginés que circunnavegara África hacia el Golfo de Guinea. Envíalas a Milenio 3, 4 ó 5 para ver si te las publican.
Las mías no tuvieron esa suerte... y eso que se veían cosas espeluznantes en la maldita morgue de aquel campo de concentración nazi...

La entrada de hoy se me asemeja más bien a un relato evocador de incertidumbres e incongruencias sociales.

Me llevas sin duda a pensar la extraña evolución que ha vivido este país en el ego personal y que se ha extrapolado a lo social. Nos ofende que los extranjeros nos sigan viendo como toreros y panderetas solo porque nuestro nivel de vida ha subido lo suficiente como para creernos ciudadanos del primer mundo. Leemos el Código da Vinci, vemos Titanic en el cine, cenamos con los amigos en un restaurante fashion con platos de diseño y vinos caros que no tenemos ni puta idea de si son buenos o no (solo porque pone en la etiqueta "denominación de origen" y todo el mundo dice que son deliciosos)y ya nos creemos lo suficientemente cultos y elevados conforme a nuestras constructivas opiniones como para marcar una diferencia entre nosotros y países más pobres que el nuestro. Nos deleitamos haciendo gala social de nuestros conocimientos sobre política y economía internacionales, pero la realidad (e intentando resumir, porque me subo a la parra) es que deberíamos ser más introspectivos y no juzgar tanto a lo externo, sino dar caña (y varas afiladas) a los problemas y causantes de los males en nuestro propio país, que los hay muchos. No podemos pensar que por ser una especie de pseudo-nuevos-ricos somos mejores que nadie.

Y no basta con afirmar jocosamente como una seña de triste identidad que "Spain is different".

El enmascarado púnico.

Eva Mª Durán dijo...

Es verdad, ya echaba de menos.

Gracias por tu comentario. Espero un relato de lo que viste en el campo. En cuanto a 4º Milenio, me imagino que no podrán poner todas las fotos que les envían.

Mira, yo creo sinceramente que algo le pasa a este país. Nosotros y los italianos, de verdad, somos de chiste o de juzgado de guardia, según cómo te lo tomes. No he visto lugar donde la ineficacia e inoperancia se unan tan profundamente con el servilismo y con la falta de contestación social. Lo de que tengamos complejo de nuevo ricos... bueno, es una forma de verlo. Yo creo que no llegamos ni a eso. Nos falta la suficiente cultura para tner complejo de nada. Sencillamente vemos la tele, y lo que es peor, la creemos.