jueves, 3 de diciembre de 2009

¿Afortunadas?

Tras el Día Internacional contra la Violencia de Género y todo el revuelo mediático y criminal posterior, con acusaciones falsas incluidas, me veo obligada a proclamar la gran suerte que disfrutamos todas las integrantes del género femenino de pertenecer al mismo en estos tiempos que corren y en este mundo occidental.

Miren si no: en los últimos treinta años hemos accedido de pleno al mercado de trabajo, tanto que ni en tiempos de crisis dejamos de currar como mulas: siempre habrá algo que sólo podamos hacer nosotras, como cuidar a las personas dependientes o encargarnos en exclusiva de los niños; somos tan afortunadas que este tipo de trabajo lo seguimos haciendo aún cuando no estemos en paro, aunque a veces estamos en paro justamente por vernos obligadas a realizar en solitario este trabajo . Además, la sociedad está tan concienciada con la violencia de género que no cesan las campañas sensibilizadoras al respecto; con un poco de suerte, y gracias también a esas fantásticas leyes sin presupuesto que nos protegen, el próximo año sólo tendremos que lamentar la muerte de 50 o 60 de nosotras. Y por si fuera poco, cuando tenemos la mala suerte de sufrir una ruptura de pareja, la justicia suele otorgarnos la custodia de l@s hij@s y el uso de la vivienda familiar, además de una pensión alimenticia por parte del cónyuge, que continuará por cierto pagando su parte de la hipoteca aunque sufra los mayores efectos de la crisis; con medidas así nuestros inferiores sueldos son un detalle sin importancia.

Estamos abrumadas por tanta generosidad social; nosotras, siempre tan modestitas, nos hubiéramos conformado con mucho menos: una sola jornada laboral, si puede ser del mismo número de horas que la de nuestros compañeros hombres e igualmente retribuida; que nadie ni nada, ni la tradición (ni siquera la femenina) ni la Iglesia, se inmiscuya en estas campañas que poco a poco han de ir cambiando la sociedad y convenciéndonos a tod@s de que hemos de ser iguales en derechos y deberes, ni se permitan calificarlas de moda mediática, excusándose, por ejemplo, en trágicos errores sucedidos recientemente; y sobre todo, unas leyes justas en todos los ámbitos de la vida, sin esos supuestos beneficios que no son sino una trampa para perpetuarnos en una condición subordinada y convertirnos en cómplices de una sociedad enemiga, además de un pretexto para que algunos se permitan generalizar y achacarnos a la mayoría de nosotras las malas prácticas de esa minoría que falsea denuncias para aprovecharse de estas prerrogativas con doble fondo.

Los hombres serán los primeros que lo agradecerán.

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